La hora y diez minutos de conferencia entre papeles merece degustarse con pausa. Pueden ponérsela de un tirón; o pueden dosificar su visionado. De una u otra forma, no dejen de verla. Es historia viva de un pueblo, Laredo, que vio cómo aquellos franceses encontraron en este rincón el paraíso terrenal en el que cumplir un viejo sueño: “avoir un château en Espagne” (Tener un castillo en España), tal y como magistralmente expuso Oscar. Todo bajo la atenta mirada de un David del Río, que, como ya ocurriera hace 18 años, disfrutó a la hora de ejercer de presentador del acto. Una cita que el director de la Casa de Cultura justificó con un argumento demoledor: el de la necesidad de poner orden entre tantas vivencias para que nunca perdamos semejante caudal de información. Pérdida que se hace evidente cada vez que alguno de nuestros mayores emprende su viaje definitivo, llevándose en sus alforjas multitud de retazos imprescindibles para reconstruir el Laredo de nuestros abuelos. Lo expresó gráficamente: cada muerte es como si se quemara una biblioteca.
Y luego está Oscar Gutiérrez. Cuya peculiar forma de organizar sus recuerdos y convertirlos en memoria popular, simplemente abruma. Ojalá pudiera piratearse su disco duro. Porque maneja una cantidad de datos que ni teniéndole a charla por día lograremos rescatar para el futuro. Conformémonos, no obstante, con estas comparecencias en las que ningún detalle quedó al azar.
Según repitió varias veces, el mayor logro de sus palabras sería despertar la inquietud de historiadores e investigadores para profundizar en una época tan brillante. Confesión llena de modestia por quien, de ser así, escribió prólogo, nudo y desenlace de dichos trabajos. Porque ahí reside su mérito: en bucear entre corrientes de recuerdos y ser capaz de trazar una senda entre los antecedentes de un fenómeno tan extraordinario y las causas que explicaron su declive. En medio de su disertación, un vídeo producido por el padre de la actual ministra de Cultura, González Sinde, puso el punto costumbrista al Laredo de aquellos años 70. Imprescindible pieza.
Pero volvamos a Oscar. Que a partir de un anecdótico encuentro en la playa Salvé con tres ex moradores de campos de concentración nazis, situó el arranque de los afectos franceses por nuestra villa, en convulsos episodios vividos en el vecino país. Como las independencias de Marruecos y Argelia. Y el peso significativo de la comunidad judía gala. Que encontró en Laredo una continuidad, terrenal y afectiva, de la tierra que precipitadamente hubieron de dejar atrás.
Así fue como comenzaron su labor promocional de un paraje al que, en aluvión, acabaron por llegar miles de compatriotas. Todos admirados de la belleza del lugar. Y, sobre todo, de la naturalidad con el que fueron acogidos. Antológico el pasaje donde Oscar refiere cómo en Laredo no se dio esa ceremonia de tanteo entre el turista y el indígena. Nunca hubo esa distancia, suplida por un despliegue de afectos para seducir a los recién llegados. Esfuerzo personalizado en ese jersey azul de Jesús González, “Falange” , uno de los contadísimos bilingües de entonces, que llevaba grabado en letras de gran tamaño un “on parle français” que se convirtió en santo y seña de negocios y paisanos para camelar a sus encantados huéspedes.
La conferencia está salpicada con sobreimpresiones de datos estadísticos, que sin necesidad de darle al pause, son de esos que se degustan con satisfacción rayana en el vicio. Tipos de vehículos que conducían los franceses, descargas de pesca en la Cofradía (con la anchoa a tres pesetas el kg, con 82 embarcaciones y más de 900 tripulantes), acontecimientos más destacados de aquellos años en Laredo. Y un impagable desfile del tejido empresarial y personal –con sus míticos motes- que tuvieron la virtud de resucitar a tantos por un momento en la memoria.
Fenómenos como el del masivo desarrollo urbanístico –a una peseta el metro cuadrado- desde el Carlos V hasta el Puntal. Y el despliegue de inmobiliarias en suelo francés, incluso con vuelos chárter a la villa para acercar por primera vez a potenciales compradores que volvían con las llaves del nuevo apartamento bajo el brazo. Con anécdotas incontables, como la decisión de subir el precio en Bélgica, evitando con ello la sospecha de fraude ante unos precios “irrisorios” al cambio para aquellos nuevos inquilinos.
La misma meticulosidad gastó Oscar para explicar las causas del declive. Factores que dedujo de largas conversaciones con sus protagonistas, trabadas en su propia salsa francesa, evitando así la pasión y la idealización que son más fáciles de activar en pleno disfrute del destino. Así, una confluencia de factores, entre los que no fue menor, desde luego, el acoso fiscal hecho por el gobierno galo para castigar a quienes tuvieran residencias fuera del país; unido a la evidencia de que aquellos pioneros se fueron haciendo mayores y sus vástagos miraron hacia otros destinos, más accesibles por las mejoras en los transportes; y, por qué ocultarlo, el agotamiento de la llama de imaginación, tesón e ingenio que nos proyectaron como lugar de acogida privilegiado… Todo contribuyó a un ocaso que hubo de esbozarse con rapidez por la premura del tiempo.
Menos mal que tan pletórico conferenciante, con continuos guiños de humor que arrancaron la risa de los presentes, se comprometió a nuevas entregas. Una sobre el particular “Cinema Paradiso” de los laredanos, con salas, filmes, personajes y anecdotarios; y otra sobre aquella noche de Laredo que fue un reclamo demoledor durante décadas. Ésta segunda, eso sí, previa oportuna censura de sus datos más comprometedores.
Así discurrió una mañana dominical que gracias a los avances tecnológicos, ahora queda para siempre. Tómense su tiempo. Pero no dejen de verla. Seguro que les encanta. Este Oscar es un crack. Y aún debe soltar por ese pico muchas más confidencias. Siempre con sus papeles a cuestas. Midiendo cada palabra. Dibujando con sus letras un mundo que con tanto acierto recrea, que de nuevo cobra vida. Si repite, volveremos. Avec plaisir, Monsieur Gutiérrez.